El ahorrar es, según la Real Academia, “reservar alguna parte del gasto ordinario para previsiones futuras”. Es decir, una persona que trabaja de lunes a viernes, 8 horas diarias y recibe su salario acorde a su labor (estoy siendo optimista), debería de limitar el goce de su sueldo pensando en su futuro. Aquí el placer no es inmediato, sino a largo plazo: la satisfacción la obtendremos el día de mañana.
Invertir es “emplear, colocar o gastar los bienes en aplicaciones productivas”. Esta acción es propia del sistema capitalista y no escapa a sus riesgos. La inversión implica riesgos, cuyo destino se ve abrumado por el posible fracaso, puesto que el éxito de la inversión depende de infinitos factores. Aquí el placer no sólo no es inmediato sino que tampoco sabríamos con certeza si la satisfacción la obtendríamos a largo plazo.
Gastar es emplear el dinero en algo. “Algo” nos sugiere ilimitadas cuestiones: gastar en ropa, en cenas, en regalos, en cuadros, en libros, en maquillaje; en fin, el gastar es consumo puro. El placer aquí es inmediato pero no por eso más efímero. La satisfacción es instantánea aunque a veces superflua.
¿Conclusión? La elección del destino de nuestro dinero se rige por el tipo de placer que queremos recibir. La clave en nuestra elección es no perder de vista que el placer en todo su potencial no se encuentra en esta encrucijada.
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